RAMÓN COTE BARAIBAR
Nacido en Cúcuta en 1963. Poeta y profesor universitario. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad Complutense. Es autor de los libros de poemas: “Poemas para una fosa común”, 1984; “El confuso trazado de las fundaciones”, 1991; “Poesía”, 1992; y “Botella papel”, 1999. El libro “Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de Delicias”, fue editado en Venezuela en la colección Pequeña Venecia. Publicó además: “Diez de ultramar. Antología de la joven poesía Latinoamericana”. Colaborador del suplemento de crítica literaria del periódico El País de España. Con “Colección Privada”, obtuvo, en 2003, el III Premio Casa de América de Poesía Americana y el Premio Unicaja de Poesía con “Los fuegos olvidados”, en el 2008.
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Esta tarde se está incendiando la biblioteca de Alejandría,
el calor de los papiros quemados sube
como un pájaro de ceniza.
Por tu memoria, triste desconocida,
pasan las palabras convertidas en brasas,
la historia de tus días humeantes
(las llamas devoran el Apeiron de Anaximandro)
el fuego ladra entre la luz
y te muerde la cara.
(De “Poemas para una fosa común”)
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Poema informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de Delicias
Se autoriza a Don Durao García Goncalves pintar
locomotoras en esta estación de Madrid-Delicias,
dentro de las horas de 9 a 14, exclusivamente.
El director del Museo.
Para evitar que todo esto se convierta en memoria,
en pura memoria, en adulterada memoria
de alta luz y tardes atentas
al falso reposo del hierro caliente,
para evitar que julio me persiga con sus abejas
casi premeditadas,
quiero entrar con ceniza fresca,
sin evocar nada, con una proximidad
de temeroso y con un látigo de ciego
en los trenes que arrinconó el cansancio
en la antigua estación de Delicias.
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Expulsión del paraíso
Masaccio
Para Renato Sandoval
Ni siquiera las lágrimas
espesas como el mercurio
ni el yunque ardiente
que les quemaba muy adentro
ni los kilómetros de zarzas
que hicieron sangrar sus tobillos
ni la prolongada llovizna
que los recibió de pie en la intemperie.
Nada, nada de eso, ni las semanas ni las arenas
ni las sucesivas generaciones
han podido borrar de nuestros cuerpos
ese aroma a jazmín que un día muy lejano
trajeron del Paraíso.
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Bella ferroniere
Leonardo da Vinci
No fue debido a la blancura cegadora
de la nieve
que desviaras la mirada.
Herida mujer de amores,
protegida por una cierta cinta negra que sostiene tu frente
te asomas decidida a la ventana de la torre
intentando contener ese llanto que sólo el corazón produce,
que sólo del engaño emana.
Las fugaces alondras
que cruzan sobre tu tristeza
nada pueden hacer por aplacar
esa brasa que atormenta el fondo de tus ojos.
Como si te acusaran de olvido
volteas a mirar con rabia, con fiereza,
esa voz alguna vez amada
que ahora te separa de la nieve.
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Katia leyendo
Balthus
No existe mayor placer en la vida
Katia, que espiarte
en las tardes de los sábados
cuando en tu cuarto lees solitaria
ese libro de pastas amarillas.
Por cada página que pasas
deslizas como un gato angora
las plantas de tus pies sobre la alfombra,
mientras tus piernas que suben
que bajan que se encogen que se estiran
van descorriendo poco a poco tu falda,
milímetro a milímetro,
hasta aproximarse peligrosamente a tu sexo,
a tu bahía secreta, a tu pócima mágica,
a tu jardín incluso por ti desconocido.
No existe otro placer en la vida
como éste, katia, de los sábados
cuando espiándote detrás de una pared
esperamos el momento en que reconozcas
que la edad de la inocencia
ha llegado a su fin,
que por todo tu cuerpo una serpiente
te ofrece la más tentadora de las manzanas
y decidas entonces desnudarte y descubrir
con tus dedos y ante nuestros ojos
esa llama oculta que arde de deseo,
y mires desafiante con pavor y placer
el mundo al que ahora perteneces.