NORTE DE SANTANDER

 

 

MIGUEL MÉNDEZ CAMACHO
Cúcuta, 1942. Abogado, periodista, profesor de humanidades e ideas políticas, ministro consejero de la embajada colombiana en Buenos Aires, decano de la facultad de Comunicación Social de la Universidad Externado de Colombia. Publicó los libros de crónicas y reportajes “Papeles” (1978) y “Perfil y palote” (1983);  los libros de poesía “Los golpes ciegos” (1968), “Poemas de entrecasa” (1971) e “Instrucciones para la nostalgia” (1984); y la novela “Malena” (2002).

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La formal

Ponte el pudor
está allí debajo del lecho
junto a las ropas caídas.
Recógelo y dilúyelo sobre tus mejillas
como si fuese un maquillaje.
Alisa tu piel
y ese tablero de ajedrez borracho
de tu falda de cuadros.
Abróchate la blusa
y adopta otra vez
esa actitud ingenua de muchacha formal.
Ordena tus cabellos
y tus prejuicios.
Camina con esa dignidad desvencijada
que usas los domingos
para asistir a misa.

Tan pronto atravieses el umbral
serás nuevamente tú
la pequeña burguesa incomprendida
con tus veinte años de lugares comunes
y tu boca repleta de palabras usadas.

Serás la rutinaria
la formal
la limitada.

Creerás otra vez en dios
así como antes creías en tu cuerpo
y estarás llena de moral
así como antes estabas llena de mí.

Volverás a la iglesia
con tu andar milimétrico
y estarás  de rodillas observando
el rostro masoquista de Cristo
como si fuese el aviso de un circo.
Leerás con cansancio
una novela idiota
—presintiendo el final—
pero irremediablemente
tendrás húmedos los ojos
en la última página.

Aquí en mi habitación
quedó tu lujuria hipócrita
y tu doble moral.
Mañana volverás y entonces te diré
las palabras de siempre:
ponte tu cuerpo
quítate el pudor y las ropas
y ven así, desnuda
a engañarnos pensando
que no hemos empezando a envejecer.

 

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Elegía en azul

I
Cómo has crecido, Eduardo,
desde el último agosto
desde aquella mañana
que fuimos a Pamplona
con tu muerte recién inaugurada.

Presentimos entonces
que tenías la estatura de tu muerte
y sin embargo, te hemos visto crecer.
Ir más allá del mármol y los cinco sentidos
Ser más Eduardo Cote en el silencio.

Más alto. Más espeso,
más definido que la espada
que tenías en la barba y
te cruzaba el cuerpo.

II
Me dice que venías  a bordo de algún sueño
ensayando la muerte
y te caíste de bruces contra un árbol.
Fue en la Garita y en el mes de agosto
pero nada supiste del destino
que te estaba acechando.

III
Ahora sabemos que no perdiste nada
fuera de la memoria,
y con rabia decimos
—como si fuera una consigna—
no es necesario estar de pie
con las palabras puestas
si el odio continua acaudillando
los antiguos fracasos.
No hace falta la voz
si el eco sigue tomando decisiones.

 

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Elegía en rojo y gris

A Jorge Gaitán Durán

I
De seguro tu muerte fue el infarto
de un ave migratoria,
y tu cuerpo fue cayendo al vacío
como caen los amantes al amor.

Sólo sabemos que entre lluvia y relámpagos
resbalaste al abismo.
Que pisaste en falso
sobre la oscuridad de Guadalupe
y no tuviste nada a que aferrarte
(Igual al ruido de un espejo partido
por el peso de un rostro
debieron ser los gritos del metal
contra las rocas de Pont-a-Pitre).

II
De seguro traías en tu equipaje
fotografías obscenas de muchachas de Ibiza
(con su boca nocturna clavada en las axilas
y pupilas en lugar de pezones),
libros oscuros hediendo a metafísica
—que era tu droga favorita—
y cuadernos de notas
llenos con el nombre de tu amada,
con quien hiciste los poemas
que no escribías.

III
Lo que importa es saber
que todo fue simple escaramuza
porque antes de dar el paso en falso
ya habías caído desde los abuelos,
y tu erotismo sólo perseguía
dejar que diera tumbos
tu vocación de muerto prematuro,
como toro de casta.

 

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Escrito en la espalda de un árbol

No recuerdo si el árbol daba frutos
o sombra
sólo sé que dio pájaros.

Que era el centro del patio
y de la infancia.

Que en la madera fácil
talle tu nombre encima
de un corazón flechado.

Y no recuerdo más:
tanto subió tu nombre con el árbol
que pudiste escaparte

en la primera cosecha que dio pájaros.

 

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Kampeones

En la revista del colegio
una fotografía de treinta años atrás
donde estábamos posando sudorosos
después de la victoria.
Todos tenemos un aire de grandeza
que hemos ido gastando:
el gallego Tomás
el pecoso Pedroza
el maracucho Antonio
que hizo un gol memorable
y ahora tiene
una casa de citas en Valencia.
El tatareto Vega
que era puntero izquierdo
y ahora juega a político
por el ala derecha.
Siboney el negrito centro-medio
y Juan Ramón “Pocillo”
—porque tenía una oreja solamente—.

Al respaldo con mi letra de entonces
una larga leyenda que comienza:
campeones (con K)
el nombre y los apodos del equipo
los goles y su hazaña
—con fecha y hora—
de esa tarde de marzo
en la que fuimos
brevemente inmortales.