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CALDAS

 

 

JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS
Manizales. Poeta, ensayista y periodista cultural. Director de la revista literaria Juegos Florales del Centro de Escritores de Manizales Roberto Vélez Correa. Colaborador de Papel Salmón, Quehacer Cultural y Meridiano Cultural. 
Ha obtenido El Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes, 2009; el Premio Nacional de Poesía Descanse en Paz la Guerra convocado por la Casa de Poesía Silva, Bogotá, 2003; y los premios departamentales de poesía Editorial Manigraf (2001), Cámara de Comercio de Manizales (2000) y Centro de Escritores de Manizales (1999). 
Ha publicado los libros de poemas Los Amigos arden en las manos e Historias alrededor de un fogón (Editorial Universidad de Caldas, 2010) y Palabras de la tribu (Editorial Manigraf, 2003), los cuadernillos poéticos Los Amigos arden en las manos (Colección Palimpsesto, 1999) y Palabras en el purgatorio (Colección Lyrica Species, 1997).
Sus poemas también hacen parte de parte de las antologías internacionales La música callada, la soledad sonora (Fundación Orlando Sierra Hernández. Panamericana, 2008); 12 Poetas Colombianos. Punto de Partida. (Universidad Autónoma de México. México D.F. 2007), y El amplio Jardín. Antología de poesía colombiana y uruguaya. (Embajada de Colombia en Uruguay. Ministerio de Educación del Uruguay, 2005).
También aparece en las nuevas antologías de poesía colombiana Panorama virtual de la nueva poesía colombiana (Corporación Ulrika y Ministerio de Cultura 2009), Inventario a contra luz (Bogotá, 2001) y Nuevas voces de fin de siglo (Bogotá 1999). 
Se ha desempeñado como Consejero Nacional de Literatura ante el Ministerio de Cultura, Presidente del Centro de Escritores de Manizales, Director Cultural de La Feria del Libro de Manizales, Director del Taller Héroes Literarios en Caldas del Programa RENATA (Red Nacional de Talleres de Literatura del Ministerio de Cultura) y codirector del programa literario Nuestros Maestros, entrevistas a escritores colombianos, para la Emisora Radio Cóndor de la Universidad Autónoma de Manizales y asesor editorial en Caldas.
En la actualidad hace parte de la mesa directiva de la Fundación Literaria Orlando Sierra Hernández. Es además el Coordinador del Área de Literatura de la Secretaría de Cultura de Caldas.

Correo electrónico: juanacvdo@yahoo.es
 

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Salmo para después de la guerra

Tal vez la poesía, (...)
puede ser la prueba irrefutable,
o cabeza de un prontuario definitivo
de que Dios existió alguna vez
Héctor Rojas Herazo.

Señor,
ahora somos frágiles...
los años de la derrota (aunque hayan quedado en el olvido)
habitan entre nosotros. Por eso hoy el poema es bálsamo.
Señor de los remendados,
ya no podemos elevar oraciones:
conjuros para ahuyentar enemigos y pestes,
tal vez un Poema que sirva de diálogo
para diluir tantos miedos acunados en viejas plegarias.
Señor,
como tus llagas,
las nuestras son huellas de fe en medio de la ola de siniestros. 
También hemos caído y nos hemos levantado
para espantar los pájaros de la angustia
que anidan en nuestras lágrimas.
Señor de los fragmentados,
redime con tu sabia mudez a tus hombres y mujeres,
herederos ambos del miedo,
para que la fragilidad se desvanezca y
retornen a nuestra voz y nuestros sueños
 y nuestras casas las Bienaventuranzas.
     
Así sea.


 

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Años atrás

Yo también bebí oceánicamente
y busqué calor en el cuerpo de una puta.
Desperté mil veces en escalinatas y en parques
cuando el aire de la ciudad es más malsano.
Hubo noches de sexo duro,
de puños ciegos
y de llanto en las esquinas.
Hubo otras de fuego y agua
y de tiempo roto en los cuchillos.
Siempre estuvieron los amigos:
los de ocasión y los de hierro,
los de intereses cómodos
y los que traicionan a las ocho de la noche.
El acero de los días ya no pesa,
las noches las malgasto con mi perro,
pocos amigos arden en las manos
cuando hoy los días son silencio.
Son más altos los árboles,
los besos de las mujeres que amé,
los ojos de los hijos
y también es alta la luz del amanecer
que rompe los huesos.
Bajo los libros veo oculta la vejez,
sobre el asfalto se hace tenue la sombra de los amigos
sin tropiezos veo como la noche devora estas montañas
y se atraganta de frío y de negrura.
Crece la ciudad mientras mi mano
dibuja sonrisas perdidas en barcos
que partieron antes de asegurar amarras en mi puerto.


 

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Reparador  de  sueños

Bajo el imperio del insomnio aprendió a encender el carbón que chispea en el lápiz. Ese destello de fuego se hizo línea e inició el rito del silencio.  Alcanzaba la edad de los metales cuando el canto de un Cardenal devastó la madrugada. Los años se hicieron polvo bajo su lápiz, la luz del carbón se hizo grito y un viento frío silbó en el valle del Cauca Medio.
Poco a poco aprendió su oficio, agudizó los sentidos, afiló el lápiz, recortó la madera. Atento robó aullidos, llantos, huellas, olores y estelas de fantasmas que más tarde almacenó entre hojas de tabaco. Las palabras hechas artefactos, los trazos grises del carbón hechos senderos y la historia hecha palabra revelaron su oficio: reparador de sueños.


 

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Río de los muertos

En el cañón es medio día. Arde febrero y con él los sueños de atarrayas. Ya se sabe la subienda no vendrá este año. El día comenzó cuando la luz implacable del verano estremeció los tamarindos, los hombres buscaron pronto herramientas y nave. Río abajo se perdieron sus voces y sus oraciones.
Cantan, beben sirope y ríen. Sus torsos desnudos rayan entre cobrizos y ocres, y sus manos -acostumbradas a lanzar y recoger- esta vez se aventuran a herir una guitarra.
La mañana se parte. Las aguas negras y los buitres dando giros infinitos presagian un mal día para los pescadores del Cauca Medio.  Ya se sabe la subienda no vendrá este año.
Esas aves y sus giros concéntricos, las aguas turbias y los cuerpos de tres hombres que hinchados y sin ojos flotan por la orilla izquierda.
Otra vez la muerte viaja por el río.
Otra vez se perdió la pesca.


 

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Cisnes del silencio

Los muchachos alegres en los parques, ebrios en las esquinas
y aburridos en las j-aulas de clase hablan el lenguaje del desierto.
Las palabras estropeadas en sus bocas ya no cantan.
No pueden. No conocen. Olvidaron.
Basta. No les pidas nada. Solo brindan por sus muertos.
En su historia no esta mayo del 68, ni el paso lunar en el 69,
ni la caída del muro.
Los muchachos
-Desalmados cisnes del silencio-
transpiran el olor metálico de la calle que los olvida y los devora.
No le pidas llamas a sus voces.
Las palabras son ceniza en sus bocas.