JOSÉ GREGORIO VILLAMIL PÉREZ
Nacido en 1978 en Villavicencio, Meta. Residente en el municipio de
Puerto López, Meta, desde los seis meses de edad. Fundador del grupo de
teatro Electra de Puerto López (1995-1999). Cofundador de la revista
cultural Nueva Conciencia, hasta la actualidad 18 ediciones. Expresidente y cofundador de la Corporación Cultural Guacuaní.
Coordinador de la tertulia literaria Guacuaní de Puerto López, elegida
en el grupo de 100 finalistas dentro la convocatoria nacional de
Fundalectura, Phillps Morris y el Ministerio de Cultura, de setecientas
que participaron a nivel nacional en el 2004. Invitado especial en La
Hora de la Poesía, dentro del programa Literatura en Fin de Año,
organizado por el Banco de La República en el 2004, en Villavicencio,
Meta. Invitado al recital Corcumvi 10 Años, Villavicencio, octubre de
2007. Miembro del Consejo Departamental de Cultura del Meta. Miembro de
la junta directiva del Fondo Mixto de Promoción de Cultura y las Artes
del Meta. Incluido en el software multimedia de literatura llanera.
Cofundador de la Asociación de Escritores de la Orinoquia. Actualmente
es estudiante de Comunicación Social.
Correo electrónico:
guacani.org@mail.com
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Hay que cambiar de corazón
Echa tu corazón a rodar
escaleras abajo
escúchalo descender
palpitando contra el piso
es mejor que lo dejes ir así
mezclado en el licor de las hormigas
agitado por otras causas
encendido por otros amores
ardiendo frente a tus ojos
para no extrañarlo
cuando tu miedo
se disuelva
en la sal de los océanos
¿para qué un corazón
que no mereces?
que no se detenga
cuando tú lo necesitas.
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Reflexiones desde el orinal
Esta ciudad está poseída
por el orín amoniacal de sus billares
ha perdido su virginidad en los andenes
se prostituye cada día
por un poco de cemento fresco
que oculte su vejez.
La pereza en las esquinas
nos espera a todos
para retarnos a jugar
con su dominó de bostezos
y a veces para variar
nos hace arder los ojos.
Los vecinos se saludan temprano
y compran carne recién muerta
llevando un antifaz
para que ningún desadaptado
los invite a hacer un alto
en su antropofagia cotidiana.
Hay pocas nubes rubias
Hollín dormido en las naranjas,
caderas mal amadas
y cometas que desean
enredarse con el primer cable
que en la calle se les atraviese.
La risa de los niños
no logra asustar a nadie
ni a los borrachos
que reinventan sus historias
reptando en todas las aceras
para llegar a sus hamacas
donde ya nadie los espera.
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Así es mi
tierra
Aquí se mata al por mayor
y se mata al detal
se asesina de día para no equivocar
se mata en días hábiles
o en la Semana Santa
se mata en moto
o a pie
Se mata a cuchillo o a balazos
se mata de contado
o a crédito
se mata con estilo:
en cámara lenta; acelerado
se mata por unidades
o docenas
aquí se mata al cuerdo y al demente
se mata en silencio
o en pleno festival
se mata entero o por pedazos
se mata a quemarropa, de frente o a mansalva
se mata al inocente
no tanto a los culpables
se mata a la sombra de los árboles
o a pleno sol
se mata al que habla y al que calla
se mata al que ve
y al que no ve
se mata en la mañana
o en la tarde
se mata por izquierda
y por derecha
se mata a lo largo y a lo ancho
se mata a blanco y negro o en colores
se mata como uno quiera morirse
a la hora necesaria
con testigos o sin ellos
¿ lo ven Señores?
esta tierra es generosa
aquí la muerte
no se le niega a nadie
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Muchachas
y soldados
Las muchachas
aman a los soldados
disfrutan de su amor
en las tardes,
con precaución
a la diestra del fusil
que no sabe medir
sus enemigos.
Bajo los árboles
se tocan
sin casco ni arnés
ambos camuflados
para no morir
en este combate
de sudor y perfume
del que no pueden saber
los generales
con tres soles en el hombro
encendiendo sus tinieblas
ni las madres
que frente al televisor
guisan sus angustias
en vinagre y aceite.
Soldados y muchachas
uniendo sus flancos
ellas, con la inocencia
agotándose en sus venas
y la carne virgen y juguetona
lista a desarmarse
con el menor asomo de calor
ellos bajo la media luna
de una patria
que les pide prestado
algo más
que sus sueños
y el metal de sus voces tranquilas.
Se funden de prisa
en los peores vértices
de la vorágine ardorosa
que posee sus cuerpos
tomando delantera
en esa guerra
que enciende el deseo
cada tarde
como una bengala
en los labios de ambos.
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Sala vacía.
La abuela
baja a pedir que nadie salga tarde
sabe que las mujeres de hoy
no son como las de antes
pues el deseo ya no viaja en tranvía.
Mamá acaricia la ropa
desaparece arrugas y dobleces
con su ignición de esposa resignada.
Papá exige agradecer el desayuno
dice que muchos niños
darían la vida
por estos plátanos secos que comemos
y por la aguadepanela
fruto de su trabajo con la brújula al hombro
y sus botas número cuarenta y dos
aprentándole los callos.
El hijo mayor que apedrearon
el que con sus manos apretaba tornillos y poleas
el de overoles grasientos y sonrisa
el que hurgaba en su infancia el alma de las lagartijas
el que almorzaba debajo de las camas
el que se apagó un sábado de junio
como un motor fundido sin remedio
vuelve a decir adiós y a sonreír.
Aparece el abuelo de la costa
muerto en un telegrama
apenas respirando en sus rosarios
rogando por que ahora pueda abrazar
a los nietos que nunca conoció.
Es solo así
como una sala vacía
se llena de fantasmas.