JOHN JUNIELES
Nació en Sincé, Sucre, 1970. En la actualidad vive en Bogotá.
Ha publicado en poesía y prosa poética: “Papeles para iniciar el fuego” (1993), “Temeré por mí al final de estas líneas” (1996), “Canciones de un barrio en la frontera” (2002) y “Viajero con pasaje a tierra extraña” (2006). Un libro de cuentos: “Con la luz que me queda basta” (2007 Panamericana Editorial, Bogotá), y una novela: “Hombres solos en la fila del cine” (2004).
Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena de Indias, y Goverment and Public Affaire en Universidad Externado de Colombia-Columbia University, N.Y. Realizó cursos de periodismo en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano.
Ha sido redactor de los diarios El Universal de Cartagena y durante siete años fue periodista del Festival Internacional de Cine de Cartagena. Fue seleccionado en la antología: “In Our Own Words: A Generation Defining Itself” (2007), de Estados Unidos. En 2005 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Alajuela-Costa Rica, en 2007 se le confirió la Beca de Residencia Artística del Ministerio de Cultura de Colombia y el Banff Center for the Arts de Canadá. Ese mismo año obtuvo el X Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén (México-Uneac, Cuba). Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al sueco. Textos suyos pueden leerse en su blog: http://johnjairojunieles.blogspot.com/
Correo electrónico: john.junieles@gmail.com
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Metafísica de los patios
En el patio mi madre hace cortes en rosales y en pequeños árboles, y en ellos encaja otras ramas que luego sujeta con pedazos de tela.
El injerto que se hace en una planta termina por fundirse en ella, me dice: ya verás, un día de estos te sorprendo con una rosa azul, o una guayaba con sabor a cereza.
Algo junta estas plantas y árboles contrarios, los convocan quizá las mismas ansias, coinciden fuerzas y flaquezas : la suerte de uno es el destino de otro (resulta difícil no pensar en John Donne)
Me digo, mirando a la jardinera, que a pesar de las distancias, los hombres también somos almas contiguas.
Desde la raíz del tiempo nos injertamos unos en los otros. Nacemos y luego nos fundimos en los tajos del mundo. Nos agitan los mismos vientos, nos trepan las mismas hormigas del miedo.
Algunos –sin embargo– nunca dejamos de sentirnos los frutos caídos de un árbol que no crece bajo esta estrella.
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Un vaso de agua para todos mis muertos
Las velas agotan su lumbre
frente a la foto del abuelo.
Frente a su rostro un vaso con agua,
una presencia extraña en el altar
de esa mesa en la esquina de la sala.
Atraído por el misterio,
yo observaba el vaso de agua
desde atrás de un baúl,
asustado como un indio que come hielo
por primera vez.
Esperando esos temblores que a veces
pueblan el aire, un golpe de luz,
un canto de viento
(algo vivo que va pasando)
La luz de otro fuego secreto
me hacía inventar vidas en el aire,
todas gritando desde un silencio
a manos llenas, como sólo lo haría un
piano en un incendio.
Nadie sabe lo que nadie sabe.
Pasaron los años en su río de siempre,
descubrí que todo el tiempo decimos adiós,
que aunque las piedras duerman en los lechos
de los ríos, hay una sed de adentro que sólo
se sacia en sí misma.
Ya no soy más ese niño oculto tras el baúl,
pero todavía dejo, todas las noches,
un vaso de agua para la sed de mis muertos.
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Lugar común, el miedo
Por miedo a los espantos, mi hermano y yo íbamos a orinar juntos a la cola del patio.
Los fantasmas se ven con los ojos de la nuca —decían los viejos—: “Y si hay azufre en el aire, es mejor salir corriendo, aunque se orinen los pantalones”.
De noche la luna multiplicaba las sombras del patio.
El viento sonaba en la hojarasca como una cadena que se arrastra (la respiración se volvía difícil, recuerdo)
Aquel tiempo ha pasado y la memoria guarda la dicha de compartir el miedo.
A veces, cuando se peina ante el espejo, mi hermano interrumpe, se voltea, y presiente que alguien se esconde tras las cortinas.
También lo acompaño, por encima del hombro, cuando toma sus alimentos, o por las noches, cuando lee sus libros de lejanas tierras: Marruecos, Tánger, Sudán, Mauretania...
Como ahora, que lee estas palabras que escribí en el margen de una página, y que ambos hemos leído.
Se vuelve, mira a través de mí, y descubro el miedo en su rostro. Pero ya no puedo decirle: “Tranquilo, sólo estoy jugando”. Y empiezo a sentir miedo de mí mismo.
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Mutatis mutandis
Muchos fuegos están ardiendo
bajo el agua.
Empédocles de Akragas
Las mujeres que desde el fondo de las cocinas sostienen el universo, y en sus baúles conservan nuestros ombligos entre gasa y algodones.
La etimología del idioma en que canta el viento.
Las sentencias que sueñan los mármoles dormidos
La grasa que dejamos a nuestro paso por los espejos.
Todo lo perdido en el camino del sueño hacia la vigilia
Acumulo tesoros vulnerables que no descubro en los libros, y sin embargo hacen que la vida mantenga su paso.
Todo eso que quiero salvar, y aún no sé cómo lograrlo.
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Aquí estuve y no fue un sueño
Como arden las cenizas de los amantes
en el silencio que las sopla.
Tu nombre que me cerca y me libera.
Tus gestos imborrables, multiplicándose
como los peces y los panes de aquel evangelio.
Me encuentro en la multitud de tu mirada,
me sostiene ese viento que trae caballos hasta tu pelo.
En esta página nos morimos los dos
como algo que no acaba de nacer todavía.