HUILA

 

 

Jáder Rivera Monje
Teruel, Huila, 1964. Estudios: Licenciado en Lingüística y Literatura de la Universidad Surcolombiana de Neiva y estudios en Maestría en Literatura de la Universidad Javeriana de Bogotá. Fundador y director de las revistas Índice de Literatura y Hojas Sueltas de Literatura. En 1995 obtuvo los premios departamentales de poesía José Eustasio Rivera y de cuento Humberto Tafur Charry. En 1998 ganó la convocatoria realizada por Fomcultura para la Colección de Autores Huilenses. En 1999 fue incluido dentro de la misma colección con el libro de dramaturgia “El día sin horas”. La universidad CUN y el Diario La Nación del Huila le concedieron el galardón El Mejor entre los Mejores por sus trabajos literarios en el 2005. Algunas fotografías aparecieron en la revista La Puerta. Sus poemas han sido publicados en las revistas Puesto de Combate, Arquitrave, Indice, Hojas Sueltas de Literatura y Alhucema-España. Un texto sobre su infancia aparece en el libro antológico “Memoria secreta de la infancia”, (Trilce y Altazor Editores, 2004). Ha publicado los siguientes libros: “Prosas elementales” (1993), “Los hijos del bosque” (1988), “Diez moscas en un platico con veneno” (1999), “El día sin horas” (1999) y “La lluvia y el ángel” (1999), antología realizada con los poetas Winston Morales Chávarro y Esmir Garcés Quiacha. En el 2006 la editorial Arquitrave, dirigida por el poeta Harold Alvarado Tenorio, publica una “Antología” de sus mejores poemas; a esta pertenecen los poemas publicados.

Correo electrónico: jaderivera@yahoo.com
 

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Lamentación del hermano

Padre nuestro que estás en los árboles,
en las hojas, junto al nido de los toches;
que estás en el canto del gallo
de las tres de la tarde,
y en el niño que monta en bicicleta.

Padre Nuestro que estás
en el sol que nace y envejece la noche,
en los pies desnudos que abren caminos,
en los tallos verdes y las manos sangrantes.

Padre Nuestro,
tú que al mundo le dices que amas,
tiéndete a la diestra del cadáver de mi hermano,
y provócame un llanto al borde de los ojos,
y un grito,
como si del pecho te arrancaran el alma.

Padre Nuestro tú que estás
en el canto del gallo de las tres de la tarde,
en los hombres que se van,
en los caminos que transité y no olvido.

Padre mío, Padre santo
que sabes callar y te alimentas de silencio,
tú que estás en la frente de mi madre,
a oscuras y alto y pensativo,

Ven, desciende a este mundo,
desata mis sandalias, tritúrame el llanto,
apriétame duro contra tu pecho.
 

 

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Verano

El primo se desviste.
Es el verano.
Gruesas gotas de sudor
ruedan por su frente.

La sed anda por el mundo
como bestia
con su belfo de sangre.

Sobre el campo
un cadáver hiede,
piedra de hediondez recalentada
polvo y carne sufriente.

Primo, es el verano.
Las tierras han mudado de piel.
Sólo hay frescura y verdor
en tu sangre.

Tu novia viene a la noche,
agua fresca de tinaja,
agua que en el alma se vierte.

Es el verano.
Primo, en el campo
un cadáver de caballo enloquece.

Dime:
¿Quién apaciguará su furia,
su hocico herido,
su baba blanca,
su espuma entre los dientes?
 

 

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Dos visiones sobre el gran río de la Magdalena


I

Huele el río en esta tarde,
huele a valle por la lluvia lavado,
a pasto de raíz arrancado,
a parcelas de sol, de arroz y veneno.

Huele a vaca,
a ojo, a piel, a leche,
a pata de vaca en la orilla.
Y huele a canoa delgada,
a corriente de agua sencilla.

Huele a mujer sentada en la arena,
los pies hundidos en el cauce,
los párpados cerrados,
la piel, para el deseo, morena.

Huele, huele a soledad y a calma,
a viento reventado entre las hojas
y a un querer irse entre las aguas,
a un querer no ser,
diluir en el río nuestra alma.


II

Sácame los ojos, córtame la lengua,
amárrame los pies y las manos
con alambre de las cercas caídas,
mas déjame arrullar en el fondo de tu cauce
al niño ahogado cubierto de escamas,
y al hombre sin ojos, sin dedos ni boca.

Déjame acomodarle sus cabellos de medusa,
hablar de su dolor bajo el agua,
montar mi brazo por el brazo de sus padres
y decirles al oído que aún los esperan.

Haz que ascienda desde el fondo
este olor a raíz profunda arrancada con la mano,
este olor a pez y a barro podridos,
este grito de tortura y cráneo relamido.

Sácame los ojos, córtame la lengua,
amárrame los pies y las manos
con alambre de las cercas caídas,
mas déjame llorar siglos, eternidades,
déjame que descanse un poquito,
déjame sangrar, un instante, por la herida.
 
 

 

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El gallo

Ha florecido la niebla.
Hay flores de hielo y vapor en la boca.
Abrázame.

Padre ha abierto la casa para airear los cuartos,
para que yo despierte.
Más hace frío.
Abrázame.

Un cuchillo afilado aguarda en su cinto,
un cuchillo para cortar el canto del gallo.
Mas hace frío.
Ha florecido la niebla.
Abrázame.

Abrázame ahora que padre maldice,
que el gallo no muere
y sangrando, con las entrañas al aire,
alza el vuelo.

¡Vuela, gallo, vuela!
—grito desde la ventana—.
¡Huye del cuchillo afilado de mi padre!.
¡Huye de sus dientes que quieren triturar tu carne!.

Mas ya ha florecido la niebla.
Hace frío en el alma.
Abrázame.
Abrázame.
 

 

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Exhortación del anciano venerable

Cuando suene el viento en los almendros,
te ha de conmover el caer de una hoja.
Y si eres inteligente,
has de comprender que el silencio de la tarde
tiene en algo la culpa de la caída.

Cuando cae una hoja
es como si cayera un hombre:
nadie se da por enterado.

Tú mil veces has caído
e inclusive,
hay días,
hay años
en que en ti mismo persiste la indiferencia.