SANTANDER

 

 

HERNÁN VARGASCARREÑO
(Zapatoca, Santander, 1960). Poeta, traductor y editor. Docente de literatura egresado de la Universidad Industrial de Santander. Creó y dirigió desde 1991 hasta 2007 el programa nacional Poesía Mar Abierto, en la ciudad de Santa Marta. Dirige la revista de poesía Exilio. Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos (Cali, 2000); segundo finalista Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá (2002); Premio Nacional Poesía sin banderas Casa Silva (2003). Libros publicados: “Plural” (1991), “País íntimo” (2003, 2006, 2007), y sus traducciones al castellano “Almenas del tiempo”, de Edgar Lee Masters (2003) y “¿Quién mora en estas oscuridades?”, de Emily Dickinson (2007). Reside en Bogotá desde 2008.

Correo electrónico: poetasalexilio@gmail.com

 

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La poesía

Para Mick Jagger

La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios  que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.

Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella quien posee, quien acoge.

Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla. Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra o se sale de ella. Se está o no se está.

Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya. No da lugar a vanidades; sólo a reconocimientos no muy alentadores. También es una sombra que pasa, o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas, demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor hecho amistad y locura.

Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de seguir intentando con la poesía, haciendo trueques con ella, intercambiando afectos, deshonras, nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en el pecho, una pócima de su dolor.

 

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Oficios contra la poesía

Persuadir a cierto cuchillo
para que ignore el pan
y sólo se ocupe de los enemigos.

Abrir los ojos de los muertos
que se resisten a ver
las vísceras del infierno.

Dirigir la flecha
al corazón del único guerrero
que podría liberar a su pueblo.

Desparramar sobre cierta palabra tierna
un olor pestilente y ocre
para que sea abandonada por los hombres.

Advertirle a un iluminado del mal
su secreta vocación para crear el Caos.

Pintar de verde pútrido
el rostro de los ahorcados.

Abrir las fauces del Terror
sólo por capricho
de los dioses ignorados.

Provocar en un varón
—que desdeña la dicha por temor a su virilidad—
el Deseo acendrado en los labios de un muchacho.

Cimbrar el último estertor
en el bello ciervo
desangrado por los bellos tigres.

Purificar el lecho al que nunca podrán
llegar una pareja de amantes
que se consumen sin poder acariciarse.

Bruñir el odio mortal entre dos hermanos
para que al otro lado del Universo
renazca un dios perverso.

Cavar mi propia fosa
y morirme en los demás una y otra vez
sin poder abrazar mi propia muerte.

Venenoso Cicatero Retorcido y Malnacido
Amo de las miserias: ¿cuántos viles oficios más

tendremos que soportar contra la Poesía?   

 

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A la vida vine a vivir

A la vida vine a vivir.
Que no me falte la sagrada carne
ni el espíritu que la hace bella;
que tu mirada sea siempre
el espejo donde me pueda revelar;
que jamás jamás me abandonen los dioses de la poesía y
los avatares para llegar a ella;
que la noche no me niegue nunca sus alas
de vuelos alucinógenos y que el día
no me aplaste con sus esplendente verdad.
Que nunca me olvide agradecer lo recibido y
el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna forma
sea malintencionado;
que el deleite del vino me secunde siempre
el fragor de la amistad;
que por el umbral de mi casa entren menos fantasmas
y más seres reales, pero con la condición de que
posean la belleza que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí —lo más remoto posible—
a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
y que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca,
ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos
o la hondura de la música y los atardeceres.
A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil,
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla sólo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis íntimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado.
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.

 

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La hermana

La hermana que rumia un evidente dolor
y tritura un candor entre sus dientes;
la que nunca fue buena estudiante pero tenía
la mejor caligrafía y la más sólida disciplina;
esa hermana que pareciera tener por corazón
un alacrán;
con la que nunca me he dado un beso sentido
porque la gente recia de mi raza jamás nos enseñó
lo que es un abrazo y mucho menos un beso entre
hermanos;
la que no soporta un hombre por mucho tiempo
porque nació indómita altiva y cerrera;
la que decidió ser madre soltera y de madre
no tiene la más mínima vocación;
la que le da lo mismo una flor que un cuchillo;
la que se encierra en su corazón para
no encontrarse ni consigo misma;
la que resultó excelente enfermera y tal vez
haya amado heridos y moribundos en las
largas noches de los hospitales;
la que siendo siempre responsable no se entrega
no se rinde no concede;
huraña hiriente explosiva y atroz contra
los que se atreven a enfrentarla;
tan débil de salud y tan recia de carácter;
la que no sabe irse por las ramas ni conoce freno
en la lengua para esputar la verdad;
la que prefiere dormir a contemplar atardeceres;
a esa hermana, ¿qué odioso óvulo engendró su vida?
¿Por qué el destino la obsequió con toda su frialdad?
A esa hermana mía, muy mía, yo la amo por sobre
todas las demás, y cada vez que puedo,
sin que ella siquiera lo sospeche,
rozo sus bellas mejillas con mis labios
y con mi beso endulzo toda la hiel
que le heredó la vida.

 

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Tu viaje a la soledad de tu noche

Para merecer los caminos del mar el hombre ha de ser su propia nave guiado por el pensamiento y la perplejidad de su lenguaje. Cualquier punto servirá como partida llevándose como equipaje a sí mismo, su carga delirante de recuerdos, su pasión apuntando a la deriva y su doliente Itaca fulgurando en la memoria.

Nada más acorde con los sueños que la aventura del infortunio; nada más certero que la propia incertidumbre y su íntimo dolor enfrentándose a su rostro; despertarse una mañana en tierra lejanas y encontrarse en una mirada que nunca volveremos a contemplar; descubrir que no es el atavío de la palabra poética lo que nos desconcierta sino su huella y su música profunda asestando nuestros sueños; avanzar herido hacia un puerto imaginado buscando alivio y protección; en fin, saborear la desazón de nuestro destino al cruzar el umbral de otras vidas desconocidas cuyas miserias nos están anhelando tanto como nuestras ilusiones.

Sólo hay que dejarse ir, desnudar ciertos temores, sentirse, como lo somos, dueños de nada, y creer con vehemencia que el universo todo lo provee, desde la dicha del amar y ser amado, hasta el faro de la muerte vislumbrándonos en su justo momento.

Para alucinar los caminos del mar solo faltas tú como viajero. Aférrate a tu nave y no permitas que su quilla estalle antes de tiempo. Arrea su última vela, así esta sea tu propia alma. En una de las tantas rutas podremos cruzarnos; reconoce esta mano hermana, que más que un adiós dibujado a la distancia, alentará tu viaje a la soledad de tu noche.