
GUSTAVO ADOLFO CONSTAIN RUALES
Popayán, 1966. Es Licenciado en Educación Artística, e ingeniero de sistemas de la Universidad Antonio Nariño. Reside en Cali, donde se desempeña como técnico de la Secretaria de Desarrollo Institucional de la Gobernación del Valle. Ha publicado: “Estrella de ocho puntas”, Apidama Ediciones, (2007); “Tres amadas cosas”, Universidad del Cauca en 1992. Ha sido distinguido con el premio Periodista Ciudadano, del Diario Occidente de Cali y Noticiero NotiPacífico, 2007; mención de honor VII Concurso Internacional de Cuento Erótico, Periódico Prensa Nueva, (1992). Tallerista literario e invitado a innumerables eventos poéticos a lo largo y ancho del país.
Correo electrónico: moldergc@yahoo.com
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Siega
Venid a este campo de batalla
los que están cargados de dolor,
porque yo llevo el tuétano de la vida.
Puedo quitar de un tajo,
con una espada flamígera,
segaré con luz,
esta realidad perversa.
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La raza que nos suplantará
Miradme,
soy el
hombre
igual al
de la otra
dimensión,
pero impoluto,
y este obra
en el otro
y contrariamente,
soy toda
la verdad
por rebelarse,
en esta realidad
engañosa.
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Lluvia del amanecer
Vengan hermanos no más dolor por los perdidos.
Vengan camaradas no más sacrificio.
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Vengan al lugar, de cara al Oriente,
para que no nos rompan los huesos
ni nos juzguen por una moneda.
Vengan a la lluvia del amanecer
cargada de iones positivos.
Vengan al hogar,
descansen el fusil en la puerta.
Cerca al fuego, lobos y bajo la nieve.
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Mil lunas después
Canto a todo el pueblo de la tierra,
llamada por sus padres Vinlandia
—la América de hoy—.
Canto a –inde- la gente,
los apaches libres, seguían el único llamado
—el propio—
y sus hijos, los Navajos.
Canto al pueblo pacífico -hopi-
sus profecías cumplidas antes que las de Nostradamus:
cuando llegue el tercer mundo,
los hombres de piel roja dominaran la tierra.
Canto a los guardianes de la tierra hueca
—el mundo terrible—
los que no hablaban al llamado hombre blanco,
porque carecía de honor.
Canto a los que mil lunas después,
izaron la bandera que los cobijó al revés,
por tristeza en Oglala.
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Límite
En el desierto
las tumbas sin lápida,
en el río
las tumbas pobladas de hierbas,
en la tierra
el cuerpo se quiebra.
Los que alcanzaron la frontera
no abandonan la patria
—sólo la guardan—
no cambian el hogar
—sólo lo trasladan—
no huyen
sólo aguardan.
Desesperan, sí,
pero viven.