CÉSAR SAMBONÍ
(Bolívar, Cauca, 1972) Licenciado en Literatura y Lengua Española por la Universidad del Cauca. En 1997 obtuvo una beca colectiva para publicaciones culturales periódicas, con el proyecto de edición de la revista de poesía Ophelia, otorgada por el Instituto Colombiano de Cultura Colcultura. En 1998 el Ministerio de Cultura y el Fondo Mixto de Cultura del Cauca le concedieron una beca de creación literaria con el proyecto de escritura del libro “La indecisa luz y otros poemas”. Es co-fundador de la revista de poesía Ophelia, de los
encuentros de Poesía Ciudad de Popayán y de la Asociación Caucana de Escritores. Dirige la Colección Literaria Estuario, de la cual es cofundador, y es columnista del
diario El Liberal de Popayán. Presidente de la Asociación Caucana de Escritores y Director del Magazín Literario ACE Palabra. Su trabajo literario consta en revistas y antologías de Colombia, México, Argentina, España y Ecuador. Ha publicado los siguientes libros de poesía: “ Mi alma al desnudo” (1994), “Muerte de luz” (1995), “Los caminos del Classerou”
(2000), “Pensamientos de aldea” (2001), “Bosque adentro” (2004).
Magíster en Estudios de la Cultura, con mención en Literatura
Hispanoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito
(Ecuador), de la cual fue becario. Los poemas que se publican pertenecen
a “La ciudad esa gran prostituta”.
Correo electrónico:
cespoeta@hotmail.com
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He perdido todo
he ganado la nada
perdí las horas de libertad,
cuando mi hija
jugaba con mis treinta años
en un patio imaginario
he perdido un paisaje: una montaña, un río enorme y el abierto cielo
he perdido la ingenuidad de la vida
me he transformado en un perro sarnoso. busco a mi enemigo para saciar mis resentimientos. busco a otro para que me convierta en el asesino que soy. cargo un cuchillo de terribles dientes. busco al muerto que cargo a cuestas para rescatar lo que ya se perdió sin remedio
he perdido todo. soy un asesino que clama por una víctima
la nada es mi alimento
(nada he perdido)
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Beber atragantarme las calles
el ruido los billares las putas
el miedo y la soledad de la muchedumbre
caer con todo el peso
con todo el cansancio
caer en medio de la tarde
sobre el pavimento
y contemplar
cómo me observan
pensando si estoy loco
o enfermo de muerte
buscar las nubes
las formas perdidas
en la memoria
sentir la respiración
de ese monstruo ciego
(por un momento)
escupir vomitar en su cuerpo
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Desde afuera la ciudad
es un bostezo interminable
una masa de edificios
casas grises
parques
iglesias
prostíbulos
mercados
cafés habitados por tahúres
oficinas públicas
y ruidos sin origen
(algo fluye sobre sus techos)
ese paisaje lunar
atropella las palabras
contamina y redime la sangre
los huesos
soy un extranjero de mi mismo
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La ciudad bulle
atrás los castillos
las leyendas los dragones
las mil y una noches
y la palabra melancolía
—se asoman negros por las esquinas
y el incansable rumor de los cajeros automáticos—
el verso se quiebra
y me atropellan las palabras
son mis enemigas
me desgarran los dedos, las axilas.
una montaña sin término me separa de esa otra escritura, un mar turbulento se anuncia. nunca llega. el mar es un fruto inalcanzable
vivo en exilio sin salir de ningún lado. no he rebasado las paredes de bahareque de la infancia, los patios se prolongan al infinito. las calles abren sus piernas, somos sus pervertidos transeúntes, fornicamos en sus centros comerciales, depositamos el sudor en las plazas de mercado. la ciudad esa gran prostituta que se cobra con nuestra vida
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La boca inmensa de la calle,
plagada de ruidos, de anuncios publicitarios. un ciego ofrece billetes de lotería, él, precisamente él,
un glorioso desgraciado
nos ofrece la suerte,
¿qué puede salir de sus manos?
luego un hombre sin piernas da gracias a Dios
y pide una moneda
él, un olvidado
canta ¡gloria a Dios!
y el niño que vende dulces, él, quien sólo ha bebido tragos amargos
—todo está al revés—
las calles
una sobre otra
como marea sin freno
la calle boca abajo
calle de huesos rotos
calles
c a l l e s
sin término