ALEJANDRO GARCÍA GÓMEZ
Sandoná, Nariño, 1952. Ha publicado los poemarios “Transparencias” (1991), “Cartas de Odiseo” (1996), “Alfabeto de sombras” (2003), el libro de cuentos “No es por azar que nacemos” (2004) y la novela “El tango del profe” (2007). Sostiene la columna de opinión “Desde nod” en El Mundo de Medellín, Meridiano de Córdoba de Montería y Diario del Sur de Pasto. Es miembro fundador y pertenece al Consejo de Redacción de la revista colombiana de literatura Mascaluna de Medellín. Ha publicado ensayo, cuento y poesía en algunas revistas y periódicos del país. Ha sido ganador de algunos concursos de poesía y cuento, entre ellos el primer premio en el Concurso Nacional de Poesía del Servicio Civil (1988), mención honorífica en el Concurso de Poesía Mairena de Río Piedras, Puerto Rico (1988), tercer premio Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1994), primer premio Concurso Nacional de Cuento auspiciado por la Asociación Nacional de Empleados del Banco Industrial Colombiano, ADEBIC, (1996). Ha sido jurado en algunos concursos de cuento y poesía (Colección Concursos Literarios-Fondo Editorial del Dpto. de Caldas, 2005; Concurso Internacional de Cuento Ecológico de Pupiales, Nariño, Colombia, 2002 y otros). Graduado en Química y Biología de la Universidad de Nariño y Magíster en Educación de la Universidad de Antioquia, actualmente trabaja como profesor del Dpto. de Ciencias Naturales en el INEM de Medellín.
Correo electrónico: pakahuay@gmail.com
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Mediodía de domingo
1
Subirse al bus en el parque y agitar una mano en la ventanilla,
observar con mis amigos desde la pileta del centro
y encender un cigarrillo o una carcajada;
pero subirse otros al bus y conmigo mis amigos en el parque,
en la pileta del centro.
Hoy desconocidos fuman y se carcajean en el parque,
en la pileta del centro,
y las miradas del olvido hacen temblar mi despedida.
2
El resto llegamos arrastrados por la cola del postrer ventarrón.
Algunos venían del mar o de los valles,
otros como yo de las montañas del Sur.
Quienes pisaban fuerte eran nativos.
Nadie quiso volverse para mirar.
Según la leyenda,
quien lo hiciera, caminaría siempre con los ojos hacia atrás;
pero cuando con mofa descarté el hechizo,
sólo colgaba la carcajada de una bruñida luna vieja.
3
El viajero bajó del bus cargado de delirios marchitos.
Alcanzó a limpiar el polvo de su traje
y con sus sobrinos de ansiedad rasgada
se sentó a ensayar conversaciones de paciencia.
No llegó a un salón gris con tica tac de reloj polvoso,
como el hermano de Antonio.
Retornó a su calle colorada para recoger el tiempo,
pero lloró al final:
el Norte persigue al Sur y lo clava en su pecho,
el viajero siempre es viajero, aún enfrente de su propia casa..
(De “Transparencias”)
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Sur
Señores:
vengo del sur,
de allá donde las rocas secretamente florecen.
De la tierra de Juan Gálvez,
José Narváez, Pioquinto Sierra
y Aurelio Arturo,
vengo.
De sus voces de roble,
maldición
y canto,
vengo.
La lejana soledad de las distancias,
el viento,
la borrasca,
los ríos grandes de calma ubicua
(que después riegan la patria),
el aire azul e inmenso
—tenebrosamente gris, a veces—
trepando jadeante el retazo multicolor del labrantío
o avanzando peligroso,
de tumbo en tumbo,
al vórtice de un Guáitara
o un Juanambú,
tremolinan un conjuro
y sellan nuestra paciencia lenta.
Señores,
allá los años también transcurren entre nacimientos y muertes,
entre amores y sustento diario
y alguna bendita blasfemia.
Vengo del Sur
y a mis amigos traigo
este cuerpo de tierra
un puñado de tierra
porque todo el gran resto
está allá, en el Sur.
(De “Transparencias”)
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1
Yo, el aeda ciego,
ni vencedor ni vencido,
coagulé el río de la noche.
La certeza de la luz perdió mis ojos
por eso canto con los dedos de mi memoria
y arrastro el bastón
en la infinita serpiente de mi huella.
Mi sombra me persigue
agazapada en los vacíos cuencos de mis ojos.
Canté amores.
Canté desamores y traiciones.
El cuchillo, la espada y la lanza
se envainaron, aún sangrantes, en mi canto.
Por conmiseración, fui destrozando cada hijo mío
al nacer.
No dejo herencia ni mujer:
ni los buitres ni el vecino
ocuparán mi techo ni mi lecho.
Los soldados de mi patria
yacen degollados por nuestros generales
que ahora inciensan al invasor.
Él, en contadas horas, vendrá a comprar mi canto.
Antes, dadme, oh dios de los aedas,
el valor de hundir mi daga en mi vientre:
que el degollador de mi nación
se ahogue en mi propia podredumbre.
(De “Alfabeto de sombras”)
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11
Confieso que, por temor o por indiferencia,
nunca anduve entre las dagas, los caballos, las espadas y las lanzas de la guerra;
jamás di ni recibí órdenes;
no recogí muertos
ni curé heridos
ni me repartí ningún botín;
con indecisión no pocas veces,
desdeñé el oro de los traficantes
que enriqueció también a mi rey, a sus validos y a los señores de mi país
a costa de la sangre de nuestro pueblo.
Mis tatuajes no son de heridas ni de glorias cortesanas;
arrastran la angustia de un hombre
que igual sufrió la derrota de las sombras que buscó y que depara.
(De “Alfabeto de sombras”)
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20
Si haces escala en un puerto,
recuerda hacerte a la mar
antes de la angustia
que acarrean las entregas.
(De “Cartas de Odiseo”)