AdriÁn Pino VarÓn
Nacido en Chinchiná Caldas, en 1972. Tallerista de la desaparecida Casa
de Poesía Fernando Mejía Mejía. Su trabajo literario, además de ser
publicado en revistas y antologías del país, se recopila en los libros
de poesía "Páginas habitadas", (Fondo Editorial de Risaralda, 2000),
"Palabras innecesarias", (Fondo Editorial de Caldas, 2002), "Por los
verdes, por los bellos países", antología poética del Ministerio de
Cultura (2001). En 1998, obtuvo el primer premio de poesía convocado
por el Fondo Mixto de Caldas y el Ministerio de Cultura, y en el 2002
fue galardonado nuevamente con el primer premio de poesía convocado por
la Secretaría de Cultura de Caldas. Ha sido invitado a los festivales internacionales de Poesía de Manizales, Pereira y Bogotá, así como a
otros encuentros literarios en el país. Actualmente es colaborador de la
Revista Literaria Mesosaurus, con sede en Santa Marta. Reside En Bogotá. Los poemas que se
publican son tomados del libro "La tribu del salmón".
Correo electrónico:
adrianpinovaron@hotmail.com
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Tuvimos suerte
Tuvimos suerte, señora, sí, de no morirnos
todos en la manigua, de no extraviarnos para siempre en sus dominios, de
no quedar petrificados en sus pantanos invisibles.
Al comienzo creímos que todo era parte de la aventura: los reptiles
venenosos colgados de los árboles como frutos gigantes, las tormentas
con su furia inagotable reclinando las cumbres, la ausencia del fuego
que sirviera de incienso o de verano, el aullido de animales salvajes
rasgándonos la espalda, las raíces que consumíamos contra todos los
escrúpulos pretendiendo alimentarnos.
Pero de pronto todo cambió como sucede en mi país hace más de cincuenta
años: ya no nos producía asombro aquella tierra que cada vez parecía
internarnos más en sus tinieblas, pues sólo sabíamos que era de día por
uno que otro rayo de sol que lograba transgredir los ramajes; el hambre
comenzó a hacer estragos en nuestros cuerpos hasta dejarnos débiles y
torpes de espíritu, y el recuerdo de las familias se hizo más latente en
cada desvarío.
Tuvimos suerte, sí, de que esos expedicionarios nos encontraran cuando
el abismo nos ofrecía ya sus fauces, de estar ahora contándole estas
cosas cuando en las casas nos habían levantado una sepultura a punta de
lágrimas.
Sin embargo es doloroso que sólo regresemos dos después de que éramos
cinco, que se los haya tragado esa vastedad entre sus altas fiebres
tropicales, entre el terror de su espesura que de noche congrega todos
los misterios, entre el dolor de unas heridas que no dieron un minuto de
sosiego.
Regresar vivo de la manigua, como usted dice, es un milagro. Pero
insisto en que quedan los muertos nuestros y a ellos de nada les sirve
que nosotros creamos en milagros, que no podamos traerlos de vuelta para
regar sus cenizas sobre el asfalto.
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Judas habla
Ella viene de Magdala.
Sé que es descendiente de la Casa de Benjamín, sé que tiene el aroma de
todas las flores silvestres metidas en su cuerpo, sé que mis ojos y mi
corazón la contemplan en el absoluto silencio...
Ella se sienta con Él a su derecha, toma de la misma copa el vino de la
vid que une. Pedro parece odiarla porque no pierde oportunidad para
reclamar, siente que Él la ama más que a nosotros, que le transfiere el
poder de la palabra, pero ella es digna de ese amor y de esa palabra
aunque a mí se me desprenda el alma, ella es digna porque es buena con
todos, porque es la primera en sufrir, en sentir los golpes de los
enemigos cuando atacan la verdad.
Vienes de Magdala y vas hacia el Reino. Yo no voy a ninguna parte, acaso
donde tú vas, como tu sombra. Mi amor es ya una cruz antes del paraíso,
mi amor que sobrevive a las tormentas del desierto. Pero esa cruz pesa
demasiado para mi débil cuerpo. No soporto cuando Él te besa y te llama
compañera, cuando quedas sola en su aposento y tu aliento apaga la
lumbre.
No se diga entonces que mi entrega del hijo del hombre es por unas
monedas.
Es el amor el que me motiva, es ella, María, María de Magdala, toda ella
con su imperecedera luz que remueve piedras.
Es esta tarde entonces, en los campos de Getsemaní, que le daré a Él mi
último beso, y mi cuerpo se inclinará bajo las ramas del árbol a las
afueras del paraíso.
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Salmodia de lo extraño
Reconozco que son extraños estos lugares: allí un árbol seco en cuyos
brazos retoñan lágrimas de pájaros; allá una ciudad ajena e imposible
donde las lámparas que iluminan sus calles crean su propia vorágine; más
arriba la montaña imponente y medio explorada que nos acerca a un cielo
inabarcable; acá este acantilado donde el mar se entrega con todos sus
animales fantásticos.
Y es extraña esta noche: como una noche sin luna, sin ruidos, sin gentes,
como el instante mismo en que se levantan huracanes de espíritus
malignos, como la repentina sensación de que ese beso o abrazo ya se ha
dado en el mundo.
Y somos extraños nosotros: extraños como en un bosque de espejos helados,
gigantes, donde se van reflejando uno a uno esos rostros de los que
vamos escapando; extraños como para no arrojarnos desde este acantilado
a bebernos del mar esa espuma salvadora y alucinante.
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Días nuestros
Sobre el agua, mi silueta espanta ese otro río de salmones que llega al
desove.
La hierba está más verde por la lluvia que ha caído desde antes del
amanecer, por los pequeños espejos que sobreviven al día, bellos y
perfectos.
Trato entonces de vadear la orilla rocosa en un ligero intento de no
romper la armonía del paisaje, en un acto de respeto por ese extenso
recinto natural que se abre a los ojos; pero el hombre a mi lado es duro
como la roca que golpea constantemente el agua, y me recuerda con su voz
ronca mi condición de confinado.
Tras de mí vienen otros hombres con más espanto que yo en la boca, con
un odio tan furibundo, tan enhiesto en su corazón como si les hubieran
clavado una lanza desde el nacimiento. Sus pasos y gestos son sigilosos
como los animales en acecho con los que han compartido su vida
clandestina, su verdad.
Son hombres a los que no juzgo ni condeno, por más dolor que sobreviva
en la sangre; porque este terror innombrable de no saber qué me espera,
de no saber cuánto se prolongue la ausencia, es acaso igual al que
sienten ellos en su indescifrable memoria.
Y mientras ellos se ubican en los alrededores sitiando con sus cuerpos
el terreno, camuflándose, reconociéndolo, yo hundo mi mano en esta agua
rumorosa, y hundo también mi rostro por si puedo despertar.
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Guerreros
Aquí todos somos guerreros.
Nos une la tierra donde los niños se tienden a contemplar los astros
como rojos cerezos, donde corren ríos subterráneos que desembocan en
lejanas gargantas de arcilla, sobre la que levantamos las casas con
ramas de abetos de la Selva Negra.
Somos guerreros desde antes del fuego en las cavernas, desde antes de
escribir sobre las piedras nuestro lenguaje cifrado, desde cuando
nuestras mujeres preparan los brebajes con los que enajenamos el
espíritu, y nuestros hijos extraen de la bija los pigmentos para dibujar
en los rostros las marcas de la tribu, y nuestros ancianos inician su
plegaria para que los dioses nos guíen en la marcha.
Por naturaleza somos guerreros.
Pero nuestra lanza sólo se levanta si nos sentimos en peligro, nuestra
flecha sólo se dispara si es inevitable. Y si por razones de territorio
entramos en contienda, lo hacemos frente a frente, cuerpo a cuerpo,
anunciándolo a las aldeas con señales de humo de abeto seco.
Ahora mismo, como es costumbre, asisto a un rito en memoria de un hombre
derribado por mi mano, a un juicio sobre piedras de fuego para la
purificación, a un círculo humano con dolientes enfurecidos.
Y mientras la luna rueda por el horizonte y les va revelando la verdad
de los hechos a los ancianos, yo doy el primer paso para que mi nombre
no caiga en la deshonra, para que no se anuncie a las aldeas una guerra
que todos perderemos.